Una juventud sobreexcitada. Oscar Aranda
Publicado en el diagonal Nº43, 5-20 diciembre del 2006. ( www.diagonalperiodico.net)
Oskar Aranda, educador sexual
La introducción de la variable del sexo de forma omnipresente en el mercado genera una sobreexcitación que no se corresponde con el nivel de información en educación sexual que manejan los jóvenes. El resultado: una hipersexualización de la vida sin el elemento principal, el cuerpo. Una sexualidad sin sudores, olores, gustos o roces. Así lo expone el autor, quien denuncia que en ocasiones parece que no se haya salido de la época del destape.
Consume sexo, consume sexo hasta morir. Puede ser una de las variantes que, yendo al hilo de la campaña de Ecologistas en Acción, resume la apuesta gruesa de los mercaderes por la sobreexcitación sexual que pretenden meter con embudo a los jóvenes y no tan jóvenes. En ocasiones, parece que la sociedad, y en concreto la juventud, nunca hubiera salido de esa oscura eclosión del sexo de la época del destape tras un largo periplo prohibicionista. La sexualidad y el erotismo siguen soportando unos niveles de escándalo, risas, bajos sentimientos y dobles morales comparables y equiparables a esa larga y permanentemente inacabada transición, y el fenómeno social que supuso el destape como símbolo de los supuestos cambios sociales y sexuales que se iban produciendo.
Sin intención de crear un debate catastrófico, moralizante o sospechoso de crear nuevos modelos o líneas ejemplarizantes, hablaré desde la experiencia de haber realizado módulos de educación sexual en decenas de centros educativos de Bizkaia. La sexualidad que expresan los jóvenes sigue manteniendo unos niveles de sexismo preocupantes a pesar de los cambios, de las nuevas perspectivas que se abren, de las leyes progresistas que se van aprobando y de los tímidos intentos de la comunidad educativa por incluir, aunque sea de manera informal, la educación sexual en las aulas.
Y no sólo sexistas siguen siendo las expresiones sexuales de los jóvenes, sino también abiertamente anticorporales, reducidas a las cañerías genitales, llenas de complejos, de no valoración de los sentimientos, deseos y placeres propios e interiorizados. Cargadas de componentes caballerescos y de ideales eróticos y románticos, y aderezadas con truculentos esquemas perversos de entender la sexualidad como poder, sumisión, despegue social, insolidaridad y éxito social/sexual. Por no hablar de las plusmarcas, récords mundiales de seminación, tallas y tamaños infinitos.
Se fortalece un emergente mercado del sexo donde todo es posible, pero sin educación sexual. ¿Cómo podemos ser swingers [promiscuos] sin ni tan siquiera valorar nuestro cuerpo en positivo? ¿Cómo podemos ir a un sexshop a comprar cuero y cadenas si seguimos considerando el cuerpo de nuestras compañeras objetos sexuales destinados a nuestro goce y diversión sin ningún atisbo de reconocimiento del cuerpo del otro como si fuera un trozo de carne customizado? Sin censurar las prácticas que cada persona elija en libertad, sigue estando pendiente una apuesta clara por una sexualidad basada en la autonomía, en la búsqueda de una identidad propia, en el respeto al propio cuerpo y al de los y las demás.
Dirigirse hacia unas vivencias en positivo que supongan un crecimiento a todos los niveles de la erótica que nos excite, que nos haga más felices, que nos enriquezca emocionalmente y que convierta la experiencia sexual en una de las claves de nuestro desarrollo vital. La introducción de la variable sexo en el mercado está creando una sobreexcitación en la juventud que no se corresponde con los niveles de información sexual que poseen, con las medidas preventivas suficientes para gozar de una sexualidad segura y sin sobresaltos y, lo más importante, con la valoración que tienen del cuerpo como plataforma de la expresión sexual.
Los jóvenes parecen estar curtidos en juguetes y juegos sexuales, pormenorizan gran cantidad de conceptos y prácticas sexuales pero luego se horrorizan ante el sudor del cuerpo, ante los pelos, ante los olores genitales, ante los cuerpos de las personas más o menos maduras...
Es decir, pretenden sexualizar sus vidas (o los comerciales del sexo pretenden sexualizar nuestras vidas) pero sin contar con la parte principal: el cuerpo. Su modelo de sexualidad recuerda a la máquina de los orgasmos de El dormilón de Woody Allen. Una sexualidad aséptica, neutra, sin contacto corporal, sin encuentros eróticos, sin pasión corporal en definitiva. Una sexualidad sin sudores, olores, gustos o roces. Una apuesta cargada de salva- slips que recubran todo el cuerpo como una coraza implacable y, a todas luces, desconcertante.
El día que no tengamos que seguir hablando de todas estas cuestiones y que no perdamos tanto tiempo en los centros educativos para convencer al alumnado de que el cuerpo no es un producto que se puede comercializar, podremos empezar a decir que la sexualidad se ha convertido en lo que es, una experiencia vital, enriquecedora, sana y excitante. Mientras tanto, el mercado nos seguirá convenciendo de que nuestro cuerpo no vale para nada y de que tenemos que aderezarlo con sus milongas o milhojas de corazas impenetrables. Es el momento de superar la época del destape, de la aversión al sexo corporal (que es el único posible) y de la sobreexcitación a la que todo el mundo se expone. No nos hace falta, nos sobra excitación porque la tenemos naturalmente. Nuestro cuerpo es así, qué le vamos a hacer. l
